27.10.04

La negociaci�

Un hombre entrado en a�os -y experiencias- se encuentra sentado en el banco de una plaza, mirando seguramente hacia un pasado que no volver�, como casi todos los pasados. La tardecita que promet�a sol, termin� decantando por unas nubes grises que no pueden traer m�s que lluvia... La tarde se insinuaba igual que otras tantas tardes, pero habr�a de suceder algo distinto, algo que estaba predeterminado que sucediera esta tarde y no cualquier otra. Sin esperarlo, una mujer, de cabellos rubios nacidos en el mismo sol, se sienta en el mismo banco, y de entre sus labios emerge una canci�n largamente olvidada, y la canta despacio, dejando la invitaci�n para la siguiente estrofa. El hombre, mirando a su lado, molesto al comienzo por la invasi�n de su lugar y su momento, intenta recuperar de alg�n rinc�n con telara�as de su mente, esa estrofa faltante. - "Las plazas siempre me recuerdan esa primera infancia de juegos inocentes y rodillas coloradas, �no le parece?" - dice ella sabiendo perfectamente de lo que habla. - "�Disculpe? �Nos conocemos?" - "Claro, todos me conocen. Aunque algunos desear�an no hacerlo". - dice ella y lo mira fijamente a los ojos. El hombre estuvo a punto de pararse e irse, fastidiado, un segundo antes de mirar dentro de esos ojos. Cuando lo hizo, comprendi� realmente la dimensi�n del problema. Y tuvo pavor. - "�Qu� hice? �Por qu� yo?" - pregunto con la voz tr�mula del terror. - "Nada. Digamos que solo tengo un capricho, como tantos otros" - contesta ella mientras enciende un cigarrillo en una boquilla infinita. - "�Qu� quer�s de mi?" - "Lo usual. Busco almas, como siempre. No me preguntes porqu�, pero la tuya me es de vital inter�s." No pudo decir nada. El miedo le apretaba el cuello y apenas le permit�a respirar. El coraz�n desbocado, bombeaba una sangre helada por las venas. - "Tengo otros asuntos que arreglar, as� que vayamos al grano. �Qu� quer�s? �Quer�s volver a tener a tu esposa? O mejor a�n, �a tu primer amor?" - "Nada" - dijo �l, zafando por momentos de la presi�n - "Vamos... todos quieren algo, cada cual tiene su precio. Ya se lo que vos me vas a pedir... �Juventud! El cuerpo ya te traiciona y te acord�s de mejores tiempos.�Ped�melo!" - "No...quiero... nada". - "Vos a�or�s otros tiempos. Sos un fantasma de otra �poca. �Prefer�s cantar a d�o con Carlitos... o con el Polaco? Puedo darte si quer�s, a la Rubia Mireya o a esas rubias de Nueva York" - "Por favor... dejame solo". - "Todo puede ser tuyo, cualquier cosa. Pod�s volver a jugar con el trompo, verte con los muchachos del caf� de la esquina. Nada es imposible para mi, nada escapa a mi poder". - "Hay... algo. Una cosa quisiera." -dijo, dudando- "Mi hijo. Hoy le compr� esto en Once" -y muestra una calcoman�a con una boca deforme, de la cual sobresale una lengua, signo de este y otros tiempos- "Pero no se lo puedo dar... ni siquiera puedo hablar con �l. Est� siempre con esos aparatos en los oidos, y no me oye. Si algo quiero, es poder hablar con mi hijo". - "Yo puedo hacerlo, a cambio de tu alma". Belceb� extiende una fantasmal hoja, vaya uno a saber con que infernales condiciones, pero un trueno destroza el silencio y produce el milagro. El hombre, se toma del pecho, en una contorsi�n que le durar� el resto de su vida. El coraz�n, harto de aguantar durante a�os los embates de la vida, se decide, indefectiblemente, por la muerte. El cuerpo sin vida, cae lentamente hacia la rubia, quien se para y no cree lo que est� ocurriendo. Mirando hacia arriba, exclama : - "� Este era mio !" - y tomando repentinamente la forma de un hermoso angel, desaparece. Quien est� dispuesto a dar el alma por hablar con su hijo, merece sin lugar a dudas, escapar de las llamas del averno.

1 comentario:

/|- dijo...

Qu� bella historia Pablo, qu� grata sorpresa (y no lo digo despectivamente m�ndrigo desgraciao!).

Adem�s de las cotidanas ansiedades que siempre me han producido las mujeres que aparecen sentadas a mi lado (ansiedades que conoces m�s o menos bien), esta me gusta por la sobria descripci�n de sus cabellos "nacidos del mismo sol", sumado a ese par de virtudes imprescindibles e inolvidables: fumar y cantar.

En fin, gracias ;)